CAPÍTULO II

"Eres de los que miran el muro cuando a su espalda tienen el mar"

Saliendo del hotel, el día le recibe con un mantón gris sobre el cielo.  Casto responde levantándose el cuello de su chaquetón negro. Llama a un taxi.

Camino del aeropuerto, mientras va organizando la agenda que le va a tener ocupado un par de meses como mínimo, echa un último vistazo a las calles del barrio que le acoge, más que barrio, barriadas, reflejo de una edad dorada, industrial. Edificios de personalidad monótona se mezclan con naves de modernidad antigua.

Cuanto más ocupada debe tener la cabeza más siente su pérdida.

Vuelve a la agenda. Comprende que si quiere volver a funcionar tiene bastante papeleo que hacer. Quizás lo mejor sea volver a abrir la oficina. No sabe si está preparado después de tantos años y otra vez empezar de cero. No importan las noches en vela, no importa lo cuadrados que tengas los huevos, ni lo mucho que hayas sudado…; otra vez el enorme abismo de dar el primer paso.

Y por eso también la echa de menos: con ella era todo más fácil, era el empujón que necesitaba. La sonrisa que siempre le iluminaba en las noches de tormenta.

Tras el castrista proceso de facturación, se observa a sí mismo y se ve diferente: la gente de su alrededor pertenece al mundo, al real, al de ahí fuera. Comparados con él, todo es exótico. 

Como siempre, la rutina del aeropuerto le condena a la espera. Todo depende de la pantalla de salidas, oráculo de los nuevos tiempos. Tras su dictamen decide que en la barra de un bar se espera mejor

-Etiqueta negra. Tres dedos.

Casto encara el paso del tiempo a pequeños tragos. Se esfuerza por blanquear la mente. Desde fuera parece un cuadro de Hopper, estático e inmóvil, asumiendo su tragedia. Mientras, a su alrededor, los deseos y las nostalgias se cruzan, nuevas vidas empiezan y terminan, el “hasta luego”, “ hasta pronto” y “hasta nunca”, “ahora te veo” y el “no te olvidaré”.

Sin embargo, Casto permanece inmóvil, hundido en los tres dedos de whisky, ahogando las voces de su cabeza.

- Por mucho que lo mires, seguirá siendo un vaso de whisky.

Una voz de mujer le arranca de su hastío. Sin que Casto se diera cuenta, se le ha sentado al lado. Es una mujer mas o menos de su edad, de aspecto alborotado, bien sea por su cara salpicada de pecas o por algo que desprende. Y en el centro de la cara una enorme sonrisa. Aunque le atrae desde el principio sin saber por qué, no le hace mucho caso. Tan solo escupe cortesía.

- Lo tendré en cuenta -responde Casto, mientras gesticula un esforzado ademán de agradecimiento.
Ella ríe.
- No sabe cuántos hombres he visto hundirse ahí dentro.
- No se preocupe, llevo salvavidas.
-¿Le importa?- las palabras salen de una enorme boca en forma de sandía mientras se autoinvita a sentarse en el taburete que tiene al lado, la frontera que había entre Casto y la realidad.
-Me gustaría apostar a que no.
-¿Te has dado cuenta de que los bares existen para que puedan putearnos con los horarios?
Casto le mira escéptico. Ella sonríe y tras una pausa le estira un brazo y, como dicta el protocolo, le da la mano para presentarse.
-Perdón, Inés; espero el avión que me lleva a Sevilla, pero supongo que eso depende de Ryanair.
Casto le devuelve una mirada que acusa a la mano. Luego le corresponde con la suya.
-Casto, voy a Madrid.
-¿Placer o negocios? 
Casto se revuelve sin demostrar hastío. Entiende que será él quien le anime la espera.
-¿Cuándo dice que sale su vuelo?
Ella vuelve a reír.
-Ya te he dicho mi nombre: me puedes tutear.
-Perdón, pura rutina.
-Yo voy a trabajar… -Inés empieza a divagar, Casto intercala tragos con indiferencia- pero me encanta viajar. Amanecer en un sitio y despertarte en otro… Que los demás imaginen qué es lo que hago, a dónde voy…
-Un oficio trepidante.
-¿No te gusta viajar?
Casto niega con la cabeza.
-¿Te dan miedo los aviones?
Casto levanta un hombro con indiferencia.
-No;  siento que es una pérdida de tiempo.
Inés le mira extrañada.
-¿Pérdida de tiempo?
-Tengo la suerte  de que nunca se corresponde la inversión de tiempo con el destino.
Inés asiente con la cabeza.
-Se ve que eres de esos que te gusta disfrutar de cada segundo.
-Mírame viviendo la vida al máximo- mientras da vueltas al vaso de whisky.
Ambos sonríen para sí mirando la barra, como si allí hubiera un espejo.
-¿Entonces? negocios.
Inés rebosa ilusión. Casto, que acaba de darse cuenta de que está luchando contra esa inocencia, se rinde y se contagia: la mira y sonríe.
-Bueno, volver a Madrid siempre es un placer.
-Madrileño: el ojo del huracán.
Casto demuestra sorpresa por el comentario.
-Digamos que de allí sale lo que los demás sufrimos.
-Lo dices con la misma rotundidad que indiferencia.
-Bueno, ya me he creado mi paraguas. Y por mucho que llueva, las nubes no me impedirán ver el sol.
Casto desilusionado vuelve a mirar a su vaso.
-Una optimista de manual - de manera decepcionante, queriendo menospreciarla.
-Supongo  que es un piropo y brindo por ello.

Casto responde al brindis con desdén, pero esconde una abrumadora sorpresa: admira su entereza. Es más, le recuerda a ella: a su incesante manía de mantenerle a flote.

-Puede ser. Pensaba más en una etiqueta. Un piropo es algo que te acompañará siempre, el optimismo es una herramienta de la que echar mano.
-¿Cómo sabes que no veré el vaso medio lleno siempre? 
-Llegará un momento en que te lo bebas.
-Podré llenarlo de nuevo.
-Siempre y cuando haya botella.

Pausa.

-Hacía tiempo que no conocía a nadie como tú.
-¿Pragmático?
-Con la desilusión propia del reo novato. Eres de los que miran el muro cuando a su espalda tienen el mar.
Casto ríe.
-Tengo amigos que todavía no se han dado cuenta -ríe sorprendido por lo certero de su comentario.
-Y dirás que el mar es indomable y que en una mala, te ahogas.
-Si fuera una diana habrías dado al rojo -continua riendo, su correcto análisis le sorprende. Hasta que recuerda el por qué de su melancólica existencia. Se lo deja claro.
-Un día el optimismo dejará de ser tu libro de cabecera, tú también mirarás el muro.
-¿Por qué piensas eso? 
Casto, que hasta ahora ha mantenido una conversación de manera educada y displicente, se enfrenta a ella: Se prepara para la gran lección. 
-¿Crees que soy una especie de alma impura, cándida e inocente? - le apostilla Inés antes de que empiece a hablar.
-No, solo bebes de un vaso que nunca acaba. Pero un día te levantarás y verás que quizá la botella que llena tu vaso también se acabe. Es más, verás como algún hijo de puta se la bebe -según ha ido hablando, sus palabras contenían más rabia. Desahoga su frustrante desesperanza ante la cara de una desconocida.

Inés, que mantenía su serenidad impecable, se gira hacía su vaso, al igual que Casto. Ambos aguantan el silencio. 

Entonces, Inés se bebe el vaso de un trago.

-No voy a  darte la fortuna de contarte mi historia, pero tengo muchos motivos para mirar el muro. Tengo motivos hasta para colgarme de él, pero no consigo nada ahí arriba. Mi sonrisa, cuando llegué a esta barra, era sincera y será así cuando me vaya. No porque sea algo fácil. Será sincera porque quiero que sea así. 
-Son maneras de ver pasar la vida - es la mejor respuesta que se le ocurre a Casto.
-Lo fácil es cagarse en dios y pedir otro whisky. 
-En el fondo me recuerdas a alguien que me hablaba así.
-Si la recuerdas, seguro que esa persona se preocupaba por ti.
-Supongo.

Inés apura unas gotas que había en el vaso. Un increíble estado de nostalgia invade ahora a las dos efigies que hay en la barra. Inés se mira el reloj y, con un sobresalto, interrumpe el estruendoso silencio.

-Creo que mi avión sale ya.
-Perdona... Me siento responsable por la tensión de la situación.
-Yo también tendré algo de culpa.
-Buen viaje. Que el huracán no sea muy fuerte.

Se dan dos besos: de la nada surge una familiaridad inesperada. Casto siente una extraña familiaridad hacia esa extraña mujer, que se pierde ahora entre los futuros turistas. Sabe que algo de ella se queda ahí.

Casto paga e, inerte, camina por el aeropuerto hasta la pantalla de salidas, esperando que la fortuna no le premie con la palabra “retraso”. Más que caminar, vaga; sin reparar en nada, como sin rumbo, perdido en esa sensación que le ha regalado Inés. De repente le han quitado algo que nunca fue suyo: nostalgia de nada. 

Revisa en la pantalla su avión, confirma la puerta. Su curiosidad le lleva a ver el vuelo a Sevilla. No aparece. De repente, esa palabra no existe.

Extrañado se dirige a su avión. En el camino se encuentra con un mozo del aeropuerto. 

-Perdona, ¡chico! -  Casto se esfuerza por que le oiga. El joven, que se esconde tras una enorme cresta, está trabajando con una máquina que emite mucho ruido. -¿Para ir a Sevilla con Ryanair?
-No, qué va, eso no es aquí. "Pa" eso te tienes que ir a Girona.

Casto se queda clavado. Echa un vistazo hacía la barra. Una banqueta solitaria y tan solo un vaso con un recuerdo de hielo y whisky.

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